El Abrazo

En la orilla del pueblo había una estatua de piedra. La gente la visitaba porque era suya: la habían puesto ahí hacía siglos. Firme. Quieta. Un hombre de piedra mirando al mar. Nadie sabía su historia ni lo que había dentro.

Todos los dias el mar subía y bajaba. Lo golpeaba. Le pegaba en el pecho, en los brazos, en la cara. Él aguantaba. El mar se iba. Volvía. Se iba. Volvía. Años así. La estatua no se rompía. El mar tampoco se cansaba.

Hasta que una tarde vio, lejos, una ola distinta.

Venía desde el atardecer. Venía despacio. Venía temblando. Las otras olas la adelantaban y ella seguía atrás, como si dudara si valia la pena llegar. Él la esperó. La había esperado mucho tiempo sin saberlo, por eso estaba de cara al mar.

Subió la marea con ella. El día del encuentro llegó antes de lo esperado. El mar entero se agitó. Respiración rota, espuma, sal, prisa. La ola llegó con miedo y chocó contra la estatua, quien la recibió. La sostuvo.

La respiración del mar fue calmándose. La ola se quedó quieta entre sus brazos de piedra. Juntos, una sola cosa. Poco a poco ambas respiraciones se hicieron una. Por un momento el tiempo se detuvo y el mundo desapareció.

La marea se mantuvo alta y no volvió a bajar por mucho tiempo. El pueblo no entendió. Dijeron que el mar había crecido, que era el clima, que algún día se iría. La estatua pasa ahora casi todo el día bajo el agua, abrazado a ella, y nadie sabe por qué ambos se niegan a separarse.

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Nuestra Burbuja