A ningún lado
Era jueves, cuatro de la tarde, y llevaba pocos días de haber regresado de viaje. Estaba en la oficina solo con la preocupación de limpiar los mails que se habían acumulado de estar unos días fuera. Llevaba un rato viendo la pantalla sin leerla, releyendo la misma línea como si en la tercera vuelta fuera a decir otra cosa. Mi escritorio desordenado, con una botella de agua, un café frío y un cuaderno con notas y pendientes para que no se me olvidaran. Fue entonces cuando vi a la araña.
Caminaba por el vidrio que separa mi lugar de un pequeño jardín. Primero la tapaba el monitor, luego se asomó y se detuvo entre mi vista y un árbol, a la altura de mis ojos. Puedo jurar que me veía. Era pequeña, negra, resaltando contra el color blanco de la pared del fondo, de las que uno no mata porque no molestan. Avanzó unos centímetros hacia arriba y se detuvo. Giró a la derecha sin que nada explicara el giro. Siguió. Se detuvo otra vez. Volvió a subir, bajó un poco, se quedó quieta tanto tiempo que pensé que se había dormido, si es que las arañas duermen. Sin darme cuenta, yo había dejado de ver mi monitor.
La araña no iba a ningún lado. Lo pensé con la seguridad con que uno piensa las cosas que no ha mirado bien. Regresé a mi pantalla con los mails interminables. La araña siguió con lo suyo.
En 1970 un matemático inglés llamado John Conway inventó un juego que no necesita jugadores. Se juega en una cuadrícula que se extiende en todas direcciones. Cada cuadro es una celda. Cada celda está viva o muerta. No hay más piezas, ni turnos, ni manera de ganar.
Las reglas son cuatro. Una celda viva con menos de dos vecinas vivas muere, de soledad. Una celda viva con dos o tres vecinas vivas sigue viva. Una celda viva con más de tres vecinas vivas muere, de exceso. Una celda muerta con exactamente tres vecinas vivas nace. Las cuatro se aplican a todas las celdas a la vez, y el tablero pasa a la siguiente generación.
Uno pinta unas cuantas celdas al azar, aplica las reglas y mira. Casi todo se apaga en pocas generaciones. Algunas figuras se quedan quietas para siempre. Otras parpadean. Lo curioso es que, con algunas, no hay un atajo para saber qué va a pasar: hay que correr el juego y mirar. Y a veces, mirando desde lejos, se ve una mancha de cinco celdas que cruza el tablero en diagonal. Se deshace un poco, se rearma, y cada cuatro generaciones vuelve a ser exactamente ella misma, una diagonal más allá. Desde lejos parece un bicho caminando. Nadie la dibujó para que caminara; las reglas no dicen nada de caminar. Si uno se acerca, cada celda nace o muere en su lugar. Ninguna se ha movido nunca. Y sin embargo algo cruza el tablero. Los que juegan a esto le pusieron nombre: le dicen glider. Podría pasarme una tarde entera mirándolo. A lo mejor eso estaba haciendo con una simple araña.
Si uno sigue mirando, pasan más cosas. Dos manchas chocan y de la colisión sale una figura nueva que ninguna de las dos era. Hay quien ha construido, con puras celdas y las mismas cuatro reglas, una máquina que calcula. Todo eso sale de un párrafo de instrucciones que cabe en una tarjeta.
En el tablero no hay un reloj separado de lo que ocurre. No hay tardes de jueves. Hay una generación y luego la siguiente, y nada entre una y otra. El tiempo no es algo que pase por encima de las celdas, como el viento por encima de un campo, sino la regla que las actualiza. Me detuve con este pensamiento más de lo que esperaba. ¿Qué tanto se parece a eso el reloj que traigo puesto?
¿Y si esto es todo? No una metáfora de todo. Todo.
Pienso en una neurona. Vista de lejos, es una célula alargada que recibe cargas eléctricas de otras células, y cuando la suma cruza cierto umbral, dispara. Si no lo cruza, no dispara. No sabe qué es un pensamiento. No sabe que hay otras neuronas, ni que lo que recibe viene de alguna parte. Su regla cabe en una oración, como las de Conway.
Subo un piso. Hay ochenta y seis mil millones de ellas en mi cabeza, disparando o no disparando. Ninguna piensa. Ninguna sabe que está dentro de una cabeza, ni que la cabeza está en una oficina, ni que hoy es jueves. Y con esas descargas, ahora mismo, yo estoy escribiendo esta oración y eligiendo la palabra que sigue, dudando entre dos, tachando una. ¿Simple o complejo? La neurona es simple. Yo no. Es el mismo material visto desde otro piso. Y no puedo bajar a comprobarlo: no hay manera de sentir una neurona desde adentro, igual que no hay manera de que la celda vea al bicho.
Podríamos seguir cada disparo hacia atrás, buscando sus causas. El pensamiento que producen entre todas también tendrá las suyas. Pero conocer las causas de una cosa no hace desaparecer la cosa. Lo increíble es que esto lo está pensando mi cerebro sobre mi cerebro. No hay un lugar afuera desde donde mirarlo. Y para la neurona ni siquiera hay pregunta; no hay un yo que pueda hacérsela. La pregunta solo existe a esta altura. Subir no cambia las respuestas, cambia qué preguntas pueden ocurrir. ¿Qué preguntas habrá que yo no puedo hacer desde aquí? Porque la escalera no termina en nuestro nivel de humanos. Tiene que seguir subiendo, hacia alturas donde quizá ya no hay nadie que pregunte. ¿O sí? No tengo cómo saberlo, y esa ignorancia no me angustia, más bien me tranquiliza no tener, ni poder tener nunca, acceso a todo.
Sigue en la mesa el café de la mañana, frío desde hace horas. Decido no tomarlo, a esta hora el único efecto va a ser quitarme el sueño. Elijo la botella de agua, que hace unas horas estaba fría, y ya no.
Y no es solo niveles de materia apilada. Cuando subes de niveles también se da el mismo efecto. Dos personas hablan en un pasillo. Lo que hay entre ellas: una tensión, una broma que solo ellas entienden, una cuenta pendiente de hace años, no está entero en ninguna de las dos. Cada una lleva su parte, pero el vínculo solo aparece entre ambas: no pesa nada y sin embargo decide cómo se paran, qué callan, cuándo hay tensión o complicidad. Y no solo aparece entre las dos, sino que las reescribe. Uno no es el mismo adentro de una amistad que afuera de ella. Si el vínculo se rompe, eso desaparece, aunque las dos sigan vivas.
Una plática en un café donde el silencio dura distinto, o donde lo que parece silencio no lo es. Lo que hay ahí no lo traje yo ni la otra persona. Se hizo entre los dos, sin que ninguno lo decidiera. Y me hizo, un poco, a mí.
Al estilo de Conway: hay figuras que un día chocan con otra figura y se deshacen. Una amistad. Una lengua. Una persona. La figura deja de actualizarse. Las celdas siguen ahí.
Podemos seguir subiendo de niveles y así de complejidad. Una familia, una comunidad, una lengua que se habla en un solo lugar, un país. Cada uno de nosotros sigue reglas cortas: hablar, cuidar, pelear, volver, callar; y desde otro piso se puede ver algo que cruza el tablero: un pueblo, una relación, cultura, costumbres o una vida solitaria. Nadie diseñó nada de esto entero, y nadie está del todo a cargo. Se forman y se deshacen como las olas, que se vuelven cosas y también son solo agua ordenada un rato. ¿A qué altura del agua empieza a existir una ola?
Yo también soy una de esas figuras. Hecho de células que no me conocen y atravesado por billones de otras que ni siquiera son humanas: bacterias siguiendo reglas de bacteria, para las que no hay un Jorge, solo temperatura, humedad y azúcares. Hecho también de recuerdos y de vínculos que otros ven mejor que yo. ¿Desde qué distancia tendría que observarme para verme entero?
No toda figura que uno ve existe. También encontramos animales en las nubes y rostros en las manchas de humedad. Quizá la diferencia es que algunas figuras persisten y hacen cosas. Un glider puede chocar con otro y deshacerlo. Una idea puede organizar una vida entera. Un país cobra impuestos y manda gente a la guerra. Una llamada que acelera el corazón la tarde de un jueves. Que algo esté hecho de otras cosas no lo vuelve menos real. No estoy seguro de que esa sea la frontera.
Miramos desde donde estamos parados. Es el único lugar que tenemos. Y desde ahí contestamos: el centro es este, el tiempo es el que marca el reloj, lo importante es lo que nos importa. No es soberbia. Es geometría. Desde adentro de una figura, la figura es el mundo. La celda, si pudiera pensar, pensaría que el tablero termina en sus ocho vecinas. Por eso Dios tiene forma humana y el universo sucede para nosotros.
Lo que no alcanzamos a ver desde nuestro nivel lo llenamos con historias. Y luego las creemos, que es lo raro. No las creemos porque nos convenzan, las creemos porque las contamos nosotros. El jueves de la araña, los pendientes acumulados del viaje me tenían ocupado como si fueran lo único real que existía, como si el tablero entero dependiera de esa celda. Era una historia que yo mismo había contado y que después me creí. No sé cuántas ideas de las que traigo ahora mismo son así. Sospecho que casi todas.
Una semana más tarde, ahora en miércoles mientras termino este escrito, la lista de emails seguía sin vaciarse; aún no había logrado ponerme al día. Pero mi preocupación ya no ocupaba toda la pared.
Entonces la volví a ver. Supongo que era la misma. Estaba en la esquina alta, donde el marco de la ventana toca el techo. Había hecho una telaraña. Pequeña, tensa, bien puesta, con los hilos largos anclados donde debían. Tenía dos pequeños bichos atrapados, mientras ella estaba quieta atrás. Esperando. Como la había visto quieta en el vidrio cuando pensé que dormía.
Sí iba a algún lado. El que no veía era yo.