La esfera

Trescientos veintidós kilómetros.

Noventa y dos horas, veintiocho minutos, diecisiete segundos.

Seis horas de sueño repartidas en seis pedazos: una hora, cuatro horas, veinte minutos, quince, quince, diez.

Sin crew, sin pacers. Alrededor del monte Saint Helens, en el estado de Washington, de un viernes en la mañana a un martes en la mañana. Sé lo que le pasa al cuerpo cuando no duerme cuatro noches. Esto no es eso.

La primera noche me atrapa cruzando del kilómetro sesenta al cien. Casi toda la corro solo. De vez en cuando aparece una lámpara adelante o atrás, se acerca, y vuelve a desaparecer en una curva. En esa noche mi mundo mide tres metros, que es lo que alumbra la frontal. Lo demás lo pone el oído: un roce rítmico, el braceo contra la mochila, los geles moviéndose en la bolsa del short. El ruido va conmigo tantas horas que deja de ser ruido y se vuelve parte del silencio, como el propio pulso. El cuerpo sube y baja solo, decide dónde pisar sin consultarme. Yo no estoy del todo.

Después del bosque cerrado, donde uno cree que la oscuridad es total, empieza a clarear. Ocurre en orden. Primero los sonidos: pájaros, muchos, todos al mismo tiempo, como si alguien hubiera dado la señal. Luego las siluetas. Luego los colores. Los árboles se acaban justo cuando el cielo cambia y salgo a una cresta pelada, arriba de todo, con la neblina abajo de mis pies, cediendo, quedándose en los valles como agua que no se decide a bajar. Del otro lado el sol da sus primeros empujones contra la noche y la noche resiste un rato y luego no. Los pájaros cantan para mí. No lo pienso, lo sé: quieren que forme parte de un ritual del que, sin querer, ya formo parte.

Es ahí donde la siento. No la veo: la siento. Lo que está pasando está pasando solo para mí, y eso tiene una forma, y la forma es una esfera. Envuelve al mundo como la atmósfera, pero a otra escala, más cerca, con el diámetro exacto de lo que alcanzo a ver. Se mueve conmigo. Es el círculo de la lámpara, pero de día. Todo lo que veo desde la cresta se distorsiona un poco en los bordes, como si el aire tuviera espesor, y dudo si está pasando. Entiendo que estoy empezando a alucinar. Lo anoto y sigo.

Empujo. No sé bien contra qué, pero empujo. Da miedo salir de la esfera y da más miedo entrar en ella, y el miedo es una pared. La pared está hecha de lo que sé hacer: contar kilómetros, calcular la siguiente estación, decidir cuándo comer, decidir. Es la parte de mí que arma modelos de ritmo antes de cada carrera. Tiene un lema para esto, una frase de Blake que se le aparece cuando las piernas se van: el camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría. Es lo que me digo para seguir forzando. Los bordes no ceden. Cuanto más empujo, más pared.

Dejo de empujar. No lo decido; simplemente ya no hay con qué. Es gradual y luego es de golpe. La luz del cielo y la luz detrás de los párpados se vuelven la misma luz. La respiración y el viento se vuelven el mismo aire. La esfera del tamaño del mundo se acerca, se adelgaza, y de pronto es una membrana de unos centímetros, y estoy en su espesor. No afuera ni adentro. Ahí. Y desde ahí veo que la esfera de la naturaleza y la esfera de mi cabeza nunca fueron dos. Lo de afuera y lo de adentro dejan de tener frontera. No se rompe nada.

El bosque que viene es el bosque que la erupción tumbó hace cuarenta y seis años. Los troncos están tirados todos en la misma dirección, plateados por el tiempo, algunos quemados, como si alguien los hubiera peinado. Otros los tiró el viento después y están cruzados encima de los primeros, enormes, con las raíces al aire. Entre ellos crecen abetos jóvenes, del alto de una persona, y más adelante abetos adultos que ya cierran el cielo, y en algún punto un abeto viejísimo que sobrevivió a todo y sigue de pie con la corteza abierta. No sé el nombre exacto de la especie. Sé que son grandes. Y sé que están en orden. No en fila: en orden. Cada uno está donde debe estar, el caído antes del joven, el joven antes del crecido, el crecido antes del viejo, el viejo antes del muerto en pie. Son notas. No puedo detenerme en uno porque uno solo no dice nada; dicen algo únicamente uno después del otro.

La vida y la muerte no están mezcladas, están en secuencia, y por un segundo son lo mismo. Alrededor hay pájaros, viento, algo que se mueve entre las plantas y se detiene. Animales que me observan pasar sin moverse. Observadores pasivos de un intruso en su casa. No me tienen miedo y yo tampoco.

Adentro de la membrana no hay nada. No soy emprendedor. No soy corredor. No soy Jorge. Y sin embargo todo está: los árboles, los pájaros, la neblina abajo, el que camina. No falta nada porque no hay nadie a quien le falte. Dura varias horas, del kilómetro cien al ciento treinta, y en ningún momento pienso que debería estar haciendo otra cosa.

Es de día, con el sol franco. Estoy poco antes de la estación de Road 9327 y las piernas dejan de responder. No es un dolor todavía; es una ausencia de respuesta, como un interruptor que se queda apagado. El corazón se acelera sin que suba la cuesta. La respiración cambia de ritmo sola. Es lo primero que tiene nombre en muchas horas: piernas, corazón, pulmones. La membrana se espesa otra vez, se vuelve pared, y del lado de acá aparece alguien que tiene un cuerpo y al que el cuerpo le duele. Lo recibo casi con alivio. Alguien tiene que llegar a la estación, y ese alguien soy yo.

Duermo una hora en un catre. Cuando me levanto, los voluntarios me hacen huevos revueltos. Café caliente. Una sopa casi sin sabor que me sabe a gloria. Siento el sabor entrar y volverse parte de mí, siento el calor apoderarse de la necesidad. Es todo.

Lo que sigue son ciento noventa kilómetros y tienen una sola textura. Anochece, amanece, anochece. Duermo cuatro horas de un jalón en alguna estación y después en pedazos, veinte minutos, quince, quince, diez, sin saber bien dónde. Escucho a una joven que lucha por mantenerse parada en un check-point decirle a su papá: “probablemente no quiero ya correr, probablemente los 200 no son para mí”, al mismo tiempo que se le sale una lágrima. Las porras de los voluntarios dejan de tener sentido y se vuelven ruido, no en un mal sentido: el cuerpo se mueve por inercia, por subsistencia, por salir de esto, y las palabras rebotan en él. Las alucinaciones van bajando. En su lugar aparece algo más lento, sin imágenes: pienso en qué disfruto, en qué me gusta de mi vida, y son pensamientos hondos que sin embargo pasan rápido, como pasan rápido las horas y de hecho los días. No busco volver a la esfera. No hay segunda vez, y no la necesito.

Los últimos trescientos metros son tres cuartos de vuelta a la pista de atletismo de una preparatoria en Randle. Cruzo la meta el martes a las 8:28 de la mañana, después de cuatro noches. No pasa nada. Lo que era ruido de porras se convierte en silencio al cruzar la línea.

Blake está equivocado, o yo lo leía mal. El exceso no conduce a ningún palacio. Conduce a un lugar sin nombre donde no hay nada y, sin embargo, está todo. Al regreso de ese lugar, no recibo nada a cambio; por unas horas no hay quien reciba. Regreso distinto. No más sabio: más quieto. Todavía me cuesta moverme. Tengo moretones en todo el cuerpo, sobre todo en los pies. Camino mal. Me tomo un café caliente sentado en mi oficina. No hay prisa por llegar a ningún lado, no hay nada que demostrar.

No pasa nada. No pasó nada.

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El peso de sentirme bien