El peso de sentirme bien

Kilómetro 300. Llevo tres días corriendo. La Tahoe 200, solo, sin crew, sin pacers. La noche es fría y recorro un camino que sube entre pinos que no alcanzo a ver, solo a oír cuando el viento los mueve. También hay animales que se comunican durante la noche. En este momento las piernas responden. La cabeza está clara. Hoy no he alucinado. Como algo, tomo un poco del agua que vengo cargando desde el último punto y sigo. Y entonces me doy cuenta de algo raro: me siento bien. No bien dentro de lo terrible, no bien para las circunstancias. Bien. Sonrío. Grito en la completa obscuridad como mecanismo para dar a conocer que estoy ahí, sentirme presente.

Esta noche mi cuerpo entero está funcionando como debe. Y en cuanto lo noto, sin pedirlo, después de la sonrisa llega una incomodidad. Llega la culpa. Una culpa fina, sin forma, como si me hubiera saltado un paso. Como si esto no contara. No supe nombrarla en la noche. En ese momento no supe identificar que es lo que me había puesto incómodo. Tardé un par de días para poder entender. La culpa no venía del dolor. Venía de que no había dolor. Eso era lo que estaba mal.

Hoy es jueves. Estoy sentado en una banca de aluminio en la orilla de una cancha de futbol. Mi hijo juega con sus amigos. El sol me pega en la cara y no me deja concentrarme en mi libreta. Escribo esto mientras lo veo correr detrás de la pelota, gritar, fallar, reírse. Me siento bien aquí. Y otra vez, puntual, llega: la sensación de que debería estar haciendo algo. Otra cosa. Pero algo más. Estar sentado viendo a un niño jugar no es producir, no es avanzar, no es construir. Que esto, también, no cuenta.

Tardé en ver que era la misma nota sonando en dos lugares que no tienen nada que ver. El kilómetro 300 en la montaña estaba más cerca de una banca de jueves que lo que yo pensaba. En ambos, la falta de sacrificio y esfuerzo me hizo sentir mal. El problema no era la carrera. No era el partido. Era yo, cargando algo a todos lados sin darme cuenta de que lo cargaba.

Llevo años construyendo una identidad. No de golpe, sino capa sobre capa, decisión sobre decisión, hasta que se volvió tan mío que dejé de verlo. La fórmula en mi cabeza es simple: avanzar es sufrir. Lograr es sacrificarse. El sufrimiento es la moneda. Hay un cumpleaños de mi hijo en el que no estuve. Sé que pasó por la foto que me llegó después: él frente al pastel, las velas, los amigos. Yo trabajaba de banquero y estaba en una junta que no se podía mover. Llamé tarde, cuando la fiesta ya había terminado y solo pude decir felicidades. Colgué y volví a la pantalla. Y lo peor no es habérmelo perdido. Lo peor es que en ese momento me sentí cumpliendo con el deber ser. Profesional. Estaba pagando el precio. Me dije que así se construye, que esto era la prueba de que iba en serio. Llevaba la cuenta de mis sacrificios en mi cabeza y llevaba años sumando, convencido de que algún día todo haría sentido y que todo fue en beneficio de todos.

Y debajo de eso, más abajo, un miedo que casi nunca subía a la superficie: si no me dolió, quizá no me lo gané, no lo merezco. Si se sintió bien, quizá no soy el que creí haber construido. Quizá todo este tiempo confundí el obstáculo como camino y lo convertí en destino.

En esta carrera dejé de pelearme con el cuerpo y empecé a escucharlo. Ajusté el paso a lo que pedía, comí cuando lo necesité, caminé cuando había que caminar. Dormí en cuanto empecé a sentir alucinaciones, y cuidé mis pies en cuanto sentí que iban a salir ampollas. No me lastimé menos por debilidad. De manera paradójica es una de mis mejores carreras donde estoy llegando a la meta muy por delante de lo que tenía planeado. Llegué más lejos porque por fin me estaba conociendo en vez de castigándome. En la noche entendí algo sin palabras, competir no es lastimarse. Es adaptarse. Conocerse no es traumarse. Es, a veces, complacerse. El que aprende a leerse llega más lejos que el que solo aguanta. El balance existe.

No estoy diciendo que el borde no duela. Estar en las orillas, en lo que nadie ha hecho, duele de verdad. Es obscuro, es desconocido y puede dar miedo. Nos saca de donde estamos cómodos. Explorar lo que no conoces tiene un costo y lo he pagado muchas veces. Pero el borde no tiene por qué ser una herida. El kilómetro 300, esa noche, también fue el borde. Y esa noche el borde fue otra cosa: los pinos invisibles, el frío limpio, el cuerpo respondiendo, la sensación rarísima de estar exactamente donde debía. El borde también puede ser divertido. No lo había pensado ni experimentado. No de esta manera. Sentí presencia y presente.

Pero inmediatamente después de este momento de sentirme bien en la montaña, regresa el malestar. Faltan menos de diez kilómetros para la meta y regresa ese sentido fino de culpa. Esta vez la miro distinto. El cuerpo había hecho el trabajo de tres días y me estaba regalando una noche clara, y yo, en lugar de recibirla, busqué escudarme para no sentir. Como si la tranquilidad tuviera que justificarse. Como si no me la pudiera quedar sin antes haber ganado este estado. Una sensación ajena a mi.

Pienso en el Jorge que va a leer esto en diez años. Lo que hago hoy: correr, trabajar, escribir, construir, sentarme en una banca a ver a mi hijo, no es restricción que él va a agradecer. Es lo que le estoy regalando. No me sacrifico por él. Le mando esto. Me mando esto.

Hay una parte de mí que piensa que escribir esto, ahora, en la orilla de una cancha un jueves cualquiera, puede ser perder el tiempo. Que debería estar trabajando. Que esto no produce nada. Pero aquí estoy, y esto es lo que importa, y por primera vez no necesito que me duela para creerlo. La historia que me cuento se escribe así, frase por frase, día tras día. Y resulta que se puede escribir otra.

Cruzo la meta de la Tahoe 200 después de 322 kilómetros y en poco más de 87 horas sin nadie esperándome. Es la 1 de la mañana. No hay dolor que celebrar, no hay la épica del que llega destrozado. Llego prácticamente entero, un poco de dolor muscular, pero nada importante. Y la vieja historia, que sigue ahí, no se murió, no se cura una identidad de años en una noche, por un instante la suelto. Solo por un instante. Sé que mañana va a volver. Pero ahora mismo elijo no contarla. Levanto los brazos para agradecer estar ahí. Simplemente estar.

Mientras escribo esto escucho un grito a lo lejos. Levanto la vista. Un gol. Mi hijo y sus amigos corren abrazados, saltando, festejando algo que dentro de una semana ninguno va a recordar. El mundo se detiene y se resume en eso. No produzco nada. No avanzo hacia ningún lado. Cierro los ojos mientras aprieto la pluma en mi mano y solo puedo sonreír.

La culpa sigue abajo, esperando.

Hoy, nada más, elijo no escucharla.

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