El Gato y la Escalera
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Hace unos años le regalamos a nuestra hija un perro. Llevaba años pidiéndolo. Como todo regalo, la idea era que fuera sorpresa. Guardamos al perro en una caja durante la noche. No pude dormir pensando si seguiría vivo o si nos llevaríamos la sorpresa de encontrarlo sin vida cuando abriera su regalo.
Pero en vez de un perro, por un momento imagina una caja cerrada. Adentro hay un gato, un átomo radiactivo y un mecanismo que, si el átomo decae, libera veneno. La probabilidad de que el átomo decaiga en una hora es exactamente del cincuenta por ciento. La pregunta es: después de una hora, ¿el gato está vivo o muerto?
La respuesta de Erwin Schrödinger en 1935 fue perturbadora: los dos. Mientras la caja permanezca cerrada, el gato existe en ambos estados de manera simultánea. No es que no sepamos cuál es la realidad: es que la realidad misma aún no ha colapsado en una sola versión. El gato está vivo y muerto al mismo tiempo, hasta que alguien abre la caja y el sistema tiene que decidir.
No era un experimento real. Era una crítica filosófica a la mecánica cuántica. Pero noventa años después, me parece la mejor metáfora para describir la inteligencia artificial y sus efectos en la economía global. Hay una caja cerrada. Adentro conviven dos fuerzas que se contradicen. Y ninguno de nosotros sabe todavía en qué estado encontraremos el mundo cuando alguien decida abrirla.
Lo que sí sabemos es que el tiempo pasa afuera. Y eso, por sí solo, ya es una decisión.
Dos fuerzas, un mismo momento
Escucha primero a los optimistas, porque son los más importantes. Dario Amodei, CEO de Anthropic y uno de los arquitectos de la IA más avanzada del mundo, dijo en Davos en enero de 2026: "Podríamos tener un crecimiento del PIB de cinco o diez por ciento, pero también un desempleo del diez por ciento. Esa no es una combinación que hayamos visto casi nunca antes." Goldman Sachs proyecta un aumento acumulado del 7% en PIB global en diez años por adopción generalizada de IA, y hasta 15% en escenarios de largo plazo.
Estas son las personas y los grupos que más saben sobre lo que está pasando, y lo que están construyendo es una fuerza deflacionaria sin precedente. Un equipo de tres personas con acceso a modelos de lenguaje puede hoy hacer el trabajo de marketing, análisis de datos y atención al cliente que antes requería veinte o cien. El costo de producir software baja, y esa tendencia no va a revertirse.
Lo más perturbador no es que los optimistas puedan estar equivocados, sino que tengan razón y aun así el resultado para la mayoría sea devastador. El propio Amodei, en esa misma entrevista, lo dijo con una honestidad que pocos en su posición mostrarían: la característica de esta tecnología es llevarnos a un mundo donde el crecimiento alto convive con desempleo y desigualdad altos. El creador de uno de los sistemas más poderosos del mundo no está prometiendo un futuro igualitario. Está describiendo exactamente la paradoja del gato: abundancia y crisis, dentro de la misma caja.
Esto lo estoy viviendo día a día, en nuestra empresa, donde lo que hacían 8 ingenieros en meses, ahora lo puede hacer uno en cuestión de horas.
La escalera desaparece
La Revolución Industrial automatizó el músculo. La IA automatiza el aprendizaje de la técnica. Esa distinción es la más importante del debate.
Cuando el telar mecánico vació los talleres artesanales de Inglaterra, el refugio del trabajador desplazado era subir de estrato: del brazo al cerebro, del oficio al servicio. Dos generaciones después, los nietos de los luditas encontraron empleos en sectores que ni siquiera existían en 1810. La historia de la tecnología y el empleo es la historia de esa escalera: cada peldaño destruido creaba presión hacia el siguiente.
La IA rompe esa mecánica en dos frentes. Primero, automatiza los empleos cognitivos de nivel medio que son los mismos peldaños a los que históricamente subían los desplazados. Segundo, y esto es lo que más se subestima: automatiza las herramientas de la reconversión misma. La búsqueda, la investigación, la síntesis, las capacidades con las que un trabajador aprendía el siguiente oficio también están siendo absorbidas. El tiempo de reconversión se va a comprimir de cuarenta años a cinco. La escalera no se está moviendo de lugar ni de industria. Simplemente desaparece.
Aquí viene el contraargumento más serio, y vale tomárselo en serio. Erik Brynjolfsson y otros economistas argumentan que cada revolución previa creó tareas complementarias nuevas, accesibles a los desplazados, en sectores que nadie podía haber imaginado antes. El telar mecánico, el motor de combustión, la computadora; cada uno fue acompañado de un grito de "esta vez es diferente" que la historia desmintió. Estudios muestran que más del 60% de los empleos actuales en Estados Unidos no existían en 1940.
La diferencia es esta. En todas las revoluciones previas, la nueva escalera tardaba décadas en construirse, pero era construida por trabajadores humanos aprendiendo nuevas tareas humanas. Esta vez, las nuevas tareas que emerjan también serán automatizables, y la propia IA está siendo entrenada para hacer lo que aún no existe. Daron Acemoglu, Premio Nobel 2024 por su trabajo sobre instituciones, aplicó este razonamiento al caso de IA: estima que la productividad agregada subirá apenas 0.66% acumulado en diez años, una fracción de lo que predicen Goldman o McKinsey. No porque la tecnología no funcione, sino porque la fracción de tareas humanas que admiten automatización rentable es menor de lo que el optimismo asume. Pero incluso si Acemoglu tiene razón, la asimetría es brutal: las ganancias se concentran arriba mientras el desplazamiento se concentra en los empleos que más gente ocupa. El compounding no requiere catástrofe. Solo requiere asimetría sostenida.
El Estado llega tarde
Si el mercado por sí solo produce concentración, el único actor con la escala y el mandato para intervenir es el Estado. Pero hay un problema de temporalidad que bordea lo irónico: los gobiernos operan a velocidad del siglo XX. Ciclos electorales de tres a seis años. Procesos legislativos de meses. Burocracias diseñadas para gestionar estabilidad, no disrupciones exponenciales. Intentar regular con esas herramientas algo que se mueve a velocidad algorítmica es intentar detener agua con las manos. La regulación llega cuando el fenómeno ya ocurrió tres versiones atrás.
Y sin embargo, no hay otro actor. Los mercados no se autorregulan en transiciones tecnológicas asimétricas; las empresas no redistribuyen lo que el competidor no redistribuye; las sociedades civiles no tienen el músculo fiscal. Cuando el mercado destruye las estructuras sociales que lo sostienen, la sociedad genera un movimiento de autoprotección. La pregunta no es si llegará. Es si llegará a tiempo. Si el Estado llega tarde, solo le queda administrar resentimiento.
En los últimos años, el Gobierno Mexicano ha sido reactivo y con políticas que favorecen la opinión pública en el corto plazo. Llegó el momento en que necesitamos acciones con visión de largo plazo y una planeación estratégica. Para esto no es necesario un modelo fundacional hecho en México, pero sí que el Gobierno sea el primer propulsor de adoptar la IA para automatizar parte de sus procesos y agilizar la inversión. Necesitamos transparencia, eficiencia en trámites y coordinación entre dependencias.
Tres futuros
El primer escenario es el de Keynes. En 1930, en un ensayo extraño y visionario llamado "Economic Possibilities for our Grandchildren", predijo que para 2030 la productividad sería tan alta que la semana laboral se reduciría a quince horas y el problema económico de la humanidad estaría resuelto. Llegó demasiado pronto, pero su intuición apuntaba bien: si el excedente es masivo y las instituciones funcionan, puede financiar un piso de dignidad para todos. El trabajo deja de ser obligación y se convierte en vocación.
Es el escenario más deseable y el más exigente. Requiere un Estado capaz, legítimo e independiente del poder corporativo. Requiere algo más obvio, pero menos discutido: electricidad. Los modelos de IA consumen cantidades masivas de energía, y los países cuya matriz energética no escale al ritmo de la demanda computacional simplemente no podrán participar de la abundancia que la utopía promete. Una utopía post-escasez construida sobre infraestructura energética frágil no es post-escasez.
El segundo escenario no requiere malicia. Solo inercia y captura. En este futuro, un puñado de empresas controla la infraestructura de IA del mundo: los modelos, los datos, la nube, los chips, y su capitalización supera el PIB de la mayoría de las naciones. Sus CEOs tienen conversaciones con jefes de Estado donde la asimetría de poder es bastante evidente. Yuval Noah Harari introduce en Homo Deus el concepto de la "clase inútil": no trabajadores desempleados temporalmente, sino personas que el mercado ya no necesita en ninguna forma y que no tienen manera de recuperar relevancia económica. Lo que hace este escenario perturbador no es la pobreza. Es la irrelevancia. Y una sociedad de personas irrelevantes no produce liberación; en el mejor de los casos apatía, pero más probablemente una polarización.
El tercer escenario no requiere catástrofe. Solo requiere que cada quien siga haciendo lo que ya está haciendo. Es el más probable y, quizás por eso, el más peligroso.
Asumamos por un momento que Amodei tiene razón y que la IA lleva a Estados Unidos a crecer entre siete y diez por ciento anual durante la próxima década. Ese es el mejor escenario posible para los países que poseen, desarrollan y despliegan inteligencia artificial a escala.
Ahora preguntemos qué pasa en México en el tercer escenario.
El PIB per cápita de México en 2024 fue de aproximadamente 14,000 dólares. El de Estados Unidos, 83,000. Una brecha de casi setenta mil dólares o seis veces. La OCDE proyectó en su Employment Outlook 2025 que, sin reformas estructurales, el crecimiento del PIB per cápita de México caerá a apenas 0.05% anual entre 2024 y 2060. Incluso en un escenario con reformas, cerrando dos tercios de la brecha de género laboral y activando adultos mayores, lo estima en 0.41%. Para este ejercicio, usemos un por ciento anual: un resultado muy favorable dado el contexto.
La aritmética del compounding hace el resto, y no necesita adornos. Si Estados Unidos crece al siete por ciento y México al uno por ciento durante diez años, el PIB per cápita estadounidense llega a 2035 a aproximadamente 163,000 dólares; el mexicano alcanza apenas 15,500. La brecha pasa de setenta mil a ciento cuarenta y siete mil o más del doble. La proporción entre ambas economías sube de seis a uno a más de diez a uno. Si Estados Unidos crece al diez por ciento, la brecha se acerca a doscientos mil dólares y la proporción llega a catorce a uno.
Esto no es alarmismo. Es interés compuesto aplicado a tasas divergentes. La misma matemática que convierte una pequeña ventaja inicial en una distancia insalvable con el tiempo suficiente. Y el tiempo, en este caso, es menos de una generación.
Lo que hace esta fractura más inquietante es que no ocurre solo entre países, sino dentro de ellos. En ese mismo México que crece al uno por ciento en promedio, hay enclaves que ya viven en otro futuro: Monterrey, Jalisco y CDMX con ciertos corredores tecnológicos, ciertos sectores conectados directamente a la economía global de la IA. Y a veinte minutos de distancia, una economía sumergida que no tiene acceso a esas herramientas ni a esos mercados. La "clase inútil" de Harari no convive en países distintos. Convive en la misma ciudad.
La IA da la imagen de democratizar, pero es justo lo opuesto: crea concentraciones nunca antes vistas. La clave está en cómo se utiliza. Y esto es a nivel de las empresas o de las personas. Los que lo utilicen como un sustituto del buscador de Google o para hacer sus tareas sin tener que pensar, solo aprovecharán una falsa idea de avance, mientras los que la utilicen para creación podrán tener un número infinito de agentes o inteligencia a su servicio, creando un apalancamiento operativo sin precedente.
Este tercer escenario, que considero el más posible, no requiere que México fracase. Solo requiere que México continúe haciendo lo que ha hecho los últimos veinte años: crecer a tasas modestas, no invertir lo suficiente en educación técnica, mantener más del cincuenta por ciento de su fuerza laboral en la informalidad, y depender de ventajas comparativas que se volverán obsoletas, como costo laboral bajo y proximidad geográfica. La automatización y entrada de robots erosionan sistemáticamente lo que funcionó en los últimos años.
Piensa en un call center en Monterrey, uno de los sectores que más creció con el nearshoring de servicios, siendo reemplazado por agentes de voz con latencia imperceptible y disponibilidad de veinticuatro horas. Lo que el nearshoring construyó sobre mano de obra barata, la IA puede desarmarlo sobre electricidad barata. Las fábricas no se quedan en el Sur solo porque es más barato; van a volver al Norte cuando la automatización elimine la ventaja comparativa del costo humano.
No estaremos compitiendo con China. Estaremos compitiendo con la versión de nosotros mismos que no tomó las decisiones correctas en la ventana de tiempo que tuvimos. No hay una crisis que encienda la urgencia. Solo hay un compounding silencioso, matemático e implacable, que convierte una brecha manejable en un abismo permanente.
El gato somos nosotros
Regreso a la caja. Al experimento. Al gato.
Hay algo que omití al principio: en esta historia, abrir la caja es decidir. Regular o no regular. Redistribuir o concentrar. Invertir en capacidades o consumir la renta del nearshoring. Cada una de esas decisiones colapsa una posibilidad y activa otra. Sin decisión, la superposición continúa. Y la superposición, en economía, no es un estado neutro: es un estado que beneficia a quien ya tiene más.
En este experimento nosotros como sociedad no somos los observadores. Somos el gato.
Pero somos un gato que puede arañar las paredes de la caja. Que puede hacer ruido. Que puede influir en cómo y cuándo se abre. La pasividad no es la única opción. Permanecer pasivo, esperando que el sistema colapse en el estado correcto por inercia propia, es también una decisión. Favorece al escenario más oscuro. La inacción siempre favorece a quien ya tiene.
Antes de abrir la caja busquemos coordinación entre el sector público y el privado. Necesitamos inversión en energías, capacitación de nuestros jóvenes, apoyo a la innovación y pensar que el tiempo de la globalización de las cadenas de producción está en una etapa madura y no nos dará para mucho más tiempo (para más sobre este tema, ver mi artículo: “El Fin de la Globalización”). El futuro es integración de cadenas de información, y ahí es donde más rezagados estamos.
No sé si el gato está vivo o muerto. Nadie lo sabe todavía. Pero sí sé que el tiempo pasa afuera, que la ventana para elegir se estrecha, y que algún día nuestros hijos van a abrir esa caja, ya sea por diseño o por accidente. La diferencia entre esos dos modos de apertura es, literalmente, el futuro que dejamos que ocurra.
Cuando llegó la mañana del día del regalo, fui el primero en bajar. Desde lejos escuché al perro ansioso haciendo ruido dentro de su caja. Mi hija corrió y abrió la caja. Estaba vivo. Respiré profundamente.