Un Desierto Desierto
Me cuesta trabajo caminar. El plan era concentrarme en el siguiente paso y olvidar el dolor. Uno, dos, tres, cuatro… vuelvo a empezar. Contar cada paso me da ritmo, me da un sentimiento de que avanzo. El sol a más de 40° nubla el pensamiento. Veo una pared de piedras con arena donde los cactus abrieron cierto espacio y no puedo pensar en un mejor lugar para sentarme. Llevo cuatro días corriendo casi sin dormir. Estoy en el kilómetro 370. La realidad se mezcla con alucinaciones. Lo que no dudo es que traigo una lesión seria en el músculo junto a la espinilla de mi pierna derecha. Uno, dos… tres, nunca llega el cuatro. No puedo más.
Me siento en el espacio abierto, expuesto al sol. En esta carrera no hay donde ocultarse de él. Meto la cabeza entre mis rodillas y lloro. No sé cuánto tiempo pasa. Sin darme cuenta una señora mayor se sienta junto a mí y me abraza de lado. Recarga su cabeza sobre mi hombro mientras me dice "¿Estás bien?, ¿Cómo te podemos ayudar?". No puedo reconocer si lo estoy alucinando o es cierto. Levanto la cabeza y veo a sus dos hijas viéndonos de frente, tal vez ni siquiera ellas entienden qué quiere hacer su mamá en esta situación. Se me salen más lágrimas. Les digo de mi lesión y una de sus hijas saca una venda que justo había tomado en la mañana antes de salir a su paseo. Me dice que nunca lleva estas vendas, que seguro estaba destinada para mí. La señora es médica, ve mi pantorrilla y me dice que debe ser una hernia o un desgarre muscular, pero que la venda me debe ayudar a llegar al siguiente check point que está a solo cuatro kilómetros.
Pero déjenme regresar al principio.
Arizona Monster. Un ultramaratón de 500 kilómetros por el desierto con más de 40 mil pies de elevación.
Desde el inicio me adherí a mi plan: agresivo, pero sin dejarme llevar con la emoción de los participantes. Empecé hasta atrás y solo vi cómo se alejaban.
Poco después de la distancia de un maratón, para entrar a la transición hay que cruzar el Gila River con la ayuda de una cuerda. Me quito los zapatos tratando de preservar mis pies sin ampollas. Es de noche. El agua me recuerda del frío. Tirito sin darme cuenta de que mis dientes están chocando mientras estoy enfocado en no caerme en el río. Piso arena y alguna que otra piedra que duele. El agua me cubre casi hasta la cintura. Del otro lado me acomodo junto a una pequeña fogata mientras como algo. Hay más de veinte corredores y ya se ven los primeros estragos: dos están vomitando, uno tiene calentura y lo atiende un paramédico. El cuerpo tiene memoria.
Salgo rápido. No quiero verlos y predisponerme. Se me acerca un corredor y me pregunta si nos podemos acompañar en el trayecto nocturno. Tiene un hijo enfermo y esta es su manera de enseñarle que él también sabe pelear. Sueña con que su hijo pueda correr un día una carrera de estas, aunque me repite que solo es un sueño. "Pero no sabes… y mientras solo me queda seguir peleando y enseñarle con mi ejemplo." Se va quedando atrás en el primer ascenso fuerte. Él se queda, pero se me quedan las palabras: I'll keep fighting. Me dan fuerza y me hacen subir más rápido.
Para el kilómetro 120 cometo el primer error. En mi plan iba a dormir una hora y media, pero me siento tan bien que decido solo una siesta de quince minutos. Al sonar la alarma siento esa sensación de estarse despertando para la escuela sin haber dormido: los ojos arden, el cuerpo no sabe dónde está. Salgo. Esta decisión la pagaría en las siguientes etapas.
Poco antes del séptimo check point todos me rebasan con facilidad. Por más que intento no puedo ir más rápido. Por momentos siento que mi reloj me está engañando. Todo está mal, menos yo. Me faltan dos kilómetros y en cuanto llegue me voy a salir. En el retiro de oscuridad que hice en una cueva hace unos meses quedé que la siguiente vez que hiciera una carrera, si no lo disfrutaba, me salía y no volvía a correr. Listo. Mi cerebro decide que no me gusta. Es una salida fácil.
Mil doscientos metros. Novecientos. Quinientos, me rebasan dos más. Doscientos y no veo la carpa. Ciento cincuenta y escucho ruidos. Setenta y cinco y por fin veo las luces. Fin de la carrera, piensa mi cerebro. Le digo a las personas que me voy a salir, pero que primero quiero dormir. Entro a una tienda de campaña donde alguien más duerme. Tapones, gorro sobre los ojos, cobija. Oscuridad y silencio. Me desconecto.
Un único haz de luz entra en la tienda entre los cierres. Me cae en la cara. El otro corredor ya se está preparando para salir. Me habla mientras se trata de convencer con sus propias palabras: "¿No te parece una locura? Entré a esta tienda convencido de que me iba a salir y ahora estoy poniéndome mis tenis y ni siquiera dudo el continuar." ¿A mí qué más me da si se sale o no alguien que ni conozco ni volveré a ver? Pero su comentario tiene un efecto. Si él no se sale, yo tampoco. Vamos Combe. Me visto sin pensar y aviso a mi familia que sigo.
Siempre corro sin música, me gusta disfrutar lo que voy escuchando. Pero ahora necesito compañía. La primera canción de la lista me gusta, hace mucho que no la escuchaba. Le pongo repetir. Cuando acaba, repetir de nuevo. No me doy cuenta de que voy a escuchar esa misma canción por las siguientes cuatro horas y media. Se vuelve parte de un mantra que me hace entrar en un ritmo para seguir avanzando. El dolor cede. Cada paso me lo recuerda, pero ya no molesta.
Apenas viene lo difícil. Mount Lemmon: casi 2,000 metros de elevación vertical en 22 kilómetros. Totalmente expuesto. Lleno una bolsa de hielos y me la pongo en la nuca. Cargo seis litros de agua. Voy pesado, pero no me puedo arriesgar a quedarme sin agua a la mitad del peor ascenso de la carrera. Recargo todo lo que puedo. Salgo.
Lo que pensaba me tomaría cinco horas se convierte en siete. Rebaso a más de diez corredores sentados al costado del camino. No me detengo. Prefiero caminar lento pero que sea un paso detrás del otro. Me cubro con bloqueador hasta quedar cubierto por una capa blanca para poner una barrera contra el sol. Llego a la cima con mareos y signos de deshidratación. Duermo una hora. Cuando despierto inicio el descenso que durará toda la noche.
El descenso es sumamente complicado. Técnico, repetitivo. Cada curva que das sientes que regresas.
Un cactus me empieza a platicar.
No es solo uno. Son varios los que me alientan a seguir adelante. Conforme camino puedo ver cómo platican entre sí sobre mí. Ahora no solo platican sino que también aplauden. ¿Aplaudir? Combe, los cactus no tienen manos. Pero cómo puedo pensar que no si lo estoy viendo, si los estoy viendo aplaudirme y echarme porras. Se van espaciando, pero cada vez que aparecen me aplauden. Les sonrío. Un último cactus se me queda viendo conforme me despido de esta zona. Siento tristeza dejarlos atrás. De regreso en casa me tengo que comprar uno, ese fue mi pacto con ellos, y lo cerramos con una carcajada entre todos. Probablemente así se siente la locura. Más bien, probablemente la locura no se siente.
Los siguientes 70 kilómetros cruzan Tucson por una ciclopista. En el asfalto el calor se refleja más fuerte. Ver una línea interminable que se extiende hasta donde llega la mirada es desalentador. La dureza del suelo rompe las plantas de los pies hasta que cada paso se vuelve un suplicio. Busco la línea blanca para ver si tiene menos calor. Resulta siendo lo mismo. El paisaje no cambia. Una hora es idéntica a la anterior y a la siguiente. El desierto al menos tenía variación, subidas y bajadas, senderos que giraban. Aquí es una línea recta que parece no tener fin.
Tengo sueño. Me duele el cuerpo. Hago un pacto conmigo mismo: voy a seguir pero caminando dormido. Veinte pasos con los ojos cerrados, los abro para ver que siga en el camino, y los vuelvo a cerrar. De verdad siento que duermo durante estos pasos, que se van incrementando a treinta y cuarenta. Más de eso me desvío y casi tropiezo con una de las bardas. Repito este proceso por más de dos kilómetros.
Otro corredor me pregunta si ya vi las estrellas. Volteo al cielo y veo la noche más perfecta que he visto en mi vida. Por estar viendo la línea blanca me había perdido lo que la naturaleza había puesto para mí. Las estrellas no están fijas. Al ver mi cansancio me arrullan y el viento canta para tranquilizarme y decirme que todo va a estar bien. Se mueven como un manto al unísono y envuelven lo que antes era el cielo. Me protegen de donde estaba el sol, mientras el aire les ayuda con silbidos que hacen una perfecta melodía. Me río. Tal vez solo vine para esto, para ver este momento y sentir este aire que me pega en la cara.
Llego al check point poco antes de que amanezca. Tomo un catre y lo pongo junto a una fogata. Me acuesto sin quitarme nada, mantengo hasta la mochila encima. Kilómetro 340. Caigo profundo. Sueño con los cactus. Me continúan sonriendo.
Cuando despierto veo cientos de mensajes de apoyo en redes sociales. Lloro. Estoy sentado abrochándome los tenis y no puedo parar. No es solo mi familia y amigos. Son cientos de personas que no conozco. No sabía que había gente viendo cómo avanzaba.
Antes de irme veo un último chat: "Vas en lugar 29, Andy Glazer te sacaba 15 millas y ya solo lo tienes a 3." No lo puedo creer. Siempre he corrido peleando contra los tiempos límites, preocupado más por cuánto falta para que me saquen que por la posición. Y de repente estoy cerca de corredores famosos. Esta es mi carrera. Es mi día.
Troto. Mis músculos se sienten bien. Rebaso a dos corredores más. Traigo una sonrisa que aunque un poco fingida hace que me crea con más fortaleza de la que realmente tengo.
Hasta que pocos kilómetros más adelante el sueño se acaba. Siento una flecha en el músculo pegado a la espinilla. Un dolor punzante. Como si alguien me hubiera atacado. Grito. Me acerco al borde del camino y me dejo caer sobre una piedra. No hay herida visible, pero no puedo apoyar el pie. No ahorita Combe. No te puede pasar algo, vamos muy bien.
Ahi es donde me doy cuenta que las cosas no nos pasan. Las cosas simplemente pasan. Nuestro carácter se demuestra con lo que hacemos con lo que nos pasa. No somos víctimas, simplemente somos actores y ahora me toca resolver. Veo que necesito caminar a tres kilómetros por hora para terminar antes del tiempo límite. Un kilómetro cada veinte minutos. Una caminata lenta. Sí puedo. Logro mantener este paso algunos kilómetros, hasta que no puedo más y ahí es donde encuentro a la señora con sus dos hijas.
Desde el kilómetro 370 fue otra carrera.
La venda y los analgésicos me permiten caminar. Los cientos de mensajes en redes sociales me dan la fuerza para no frenar. Pero lo que realmente me sostiene es que el desierto deja de ser hostil. Algo se rompe entre la realidad y lo que veo, y lo que queda es mejor que las dos cosas.
Las piedras del camino hacen remolinos. Giran lento, como si el sendero fuera un río y ellas se dejaran llevar por una corriente que solo yo puedo ver. En las montañas aparecen rostros. Rostros enormes, de piedra, tallados en las formaciones del paisaje. Me observan conforme paso. No con hostilidad. Con una curiosidad antigua, como si llevaran siglos viendo pasar a seres que insisten en cruzar su territorio y todavía no entienden por qué. Los cactus y nopales forman una malla a los lados del camino, una red que se extiende entre ellos como si quisieran recibirme, absorberme, decirme que somos lo mismo. Que siempre fuimos lo mismo. Que la separación entre mi cuerpo y el desierto fue una ficción que mantuve durante cuatro días y que ahora, roto, por fin puedo soltar.
El sol ya no me molesta. Dejó de ser enemigo en algún punto que no puedo identificar. Ahora simplemente está. Forma parte de la misma cosa que yo, que las piedras, que los rostros, que la malla de cactus. Todo es un solo organismo y yo soy la parte que camina. De igual manera puedo sentir a las personas que me alientan por las redes sociales y en el chat. Están conmigo, me siento conectado. Siento esta bondad y cariño sin condición ni necesidad alguna que me están enviando. De nuevo por varios kilómetros no puedo dejar de llorar de solo pensar en esto.
Los últimos 130 kilómetros los camino a la mejor velocidad que puedo. Ya no importa el tiempo. Importa no fallarme ni fallarle a todos quienes están pendientes de una carrera intrascendente que es lo más importante para mí en ese momento. Los ascensos de las últimas montañas los disfruto. En el último check point prácticamente no descanso. Ya es momento de cerrar lo que empecé seis días antes.
Crucé la meta después de 147 horas. Lugar 46.
La meta se sintió menos especial que lo que esperaba. Alan Watts decía que la vida es como una canción, donde la existencia no es un viaje con un destino final sino una experiencia para disfrutar mientras sucede. Así sentí esta carrera. Fue una canción. Qué ganas de que hubiera durado más: más lágrimas, más sonrisas, más recibir muestras de amor de todas partes.
Al cruzarla volteo hacia atrás y solo puedo ver que queda un desierto desierto.