El Helado de Coco

Estoy en una heladería cerca de mi oficina en una tarde cualquiera. Descanso mis manos en el frío cristal del refrigerador en lo que espero mi turno. No tengo que probar, no tengo que pensar, ya sé lo que quiero: un helado pequeño de pistache. Siempre pido pistache. Me gusta el pistache desde que tengo memoria.

Llega mi turno, el joven detrás del mostrador espera mi orden limpiando una cuchara que ya está limpia, me detengo.

¿Realmente yo estoy eligiendo el sabor? ¿O esto estaba decidido desde el principio de los tiempos?

Voy a ser honesto con mi postura: sospecho que no tenemos libre albedrío. Sospecho que el universo es determinista hasta los huesos, o que estamos dentro de una simulación cuyo código ya fue escrito. No tengo evidencia concluyente, pero esta es mi intuición. Y sin embargo, vivo como si cada decisión importara. No por ingenuidad, sino por algo que se parece al existencialismo: si estoy dentro de una ecuación o de un programa, mi propósito no es entender lo que hay detrás, sino habitar la experiencia con la mayor amplitud posible. Ampliar lo que llamo grados de libertad: mis posibilidades de elección.

No sé si la libertad es real. Pero sospecho que buscar maximizarla es uno de los pocos proyectos que valen la pena, independientemente de quién o qué escribió el guion.

 

Todo está Escrito (incluyendo tu duda de si todo está escrito)

Mientras miro los sabores alineados detrás del cristal, pienso en la posición más radical del debate: el Superdeterminismo. Físicos como el Premio Nobel Gerard 't Hooft y Sabine Hossenfelder proponen que lo que la mecánica cuántica interpreta como probabilidad podría ser ignorancia disfrazada de azar. Elegante en papel, polémico en ciencia por su dificultad de testeo, pero formalmente consistente.

Recientemente, Robert Sapolsky, en Determined, llevó esta idea al terreno biológico con una agresividad que incomoda, argumentando que ni siquiera nuestras virtudes más nobles escapan a la cadena causal: tu disciplina, tu generosidad, tu momento de coraje (eso que sientes más "tuyo" que cualquier otra cosa), son producto de la biología. No hay un "tú" separado de la maquinaria que decide. Sus críticos dicen que exagera, que confunde niveles de explicación, que sumar limitaciones no prueba cero agencia. Pero el argumento duele donde tiene que doler.

Si regresáramos el universo al instante cero, a las mismas condiciones, y le diéramos play de nuevo, yo estaría exactamente aquí, pidiendo exactamente este helado de pistache. No hay versión alternativa. Hay una sola película, y nosotros somos personajes con la ilusión de estar improvisando.

Cuando lo entendí de verdad, sentí una mezcla entre desesperanza y vacío. Una angustia con peso en el pecho. Si todo está fijado, ¿para qué esforzarme? ¿para qué hacer?

 

Todo Ocurre (y tú solo ves una rama)

Pero hay otras teorías. David Deutsch, uno de los padres de la computación cuántica, propone algo radical: cada vez que hay una bifurcación cuántica, el universo no "elige" un resultado. Se divide. Todos los resultados ocurren, cada uno en su propia rama. Todo ocurre todo el tiempo.

Bajo esta interpretación, hay un universo donde pedí pistache, otro donde pedí nuez, otro donde pedí chocolate, y otro donde no entré a la heladería porque me quité la ropa a la mitad de la calle antes de llegar.

Lo perturbador de Deutsch no es la multiplicidad; es lo que implica para la identidad. Si todas las versiones de mí existen simultáneamente, "yo" no es un propietario de decisiones: es el nombre que le damos a una continuidad narrativa. Si tiene razón, la pregunta del libre albedrío cambia de naturaleza: no se trata de si puedo elegir, sino de qué hago con la consciencia en esta rama. Todas las ramas existen. Mi trabajo es ampliar los grados de libertad en la que habito.

 

La Voluntad que Llega Tarde

Y luego está la posición que la mayoría sostiene intuitivamente: que somos agentes libres. Los compatibilistas como Daniel Dennett argumentan que el libre albedrío no requiere indeterminismo: basta con que seas capaz de actuar por razones, aprender de la experiencia, anticipar consecuencias y ajustar tu conducta. Si la cadena causal pasa por tu capacidad de razonar, eso cuenta como libertad. Para algunos, eso no alcanza. Pero es la mejor defensa que tenemos.

Y aquí es donde Daniel Wegner, en The Illusion of Conscious Will, presenta evidencia de que la experiencia de "yo decidí hacer esto" es, en muchos casos, una narrativa que nuestro cerebro construye después de que la acción ya fue iniciada. Los experimentos de Libet en los años 80 mostraron que la actividad cerebral asociada a una decisión precede a la consciencia de haberla tomado por cientos de milisegundos. Estos resultados son polémicos; muchos argumentan que solo miden preparación motora ante acciones simples, no decisiones complejas, pero Wegner logra algo importante: demoler nuestra intuición ingenua de que la voluntad consciente es siempre el piloto.

 

La Grieta

Aquí es donde, honestamente, deja de importarme quién tiene razón. Porque aunque la metafísica sea incierta, hay algo que no lo es: la diferencia entre vivir reactivamente y vivir con espacio interno es real. Se siente. Transforma cómo navegas la misma realidad. Y aun si hubiera indeterminación cuántica genuina, azar no es libertad.

La libertad que importa no es metafísica. Es operacional: cuánto espacio tienes entre lo que te ocurre y cómo respondes.

Yo lo llamo grados de libertad.

A pesar de ser determinista y pensar que nada es al azar, también experimento la vida desde el existencialismo, intentando darle sentido.

Veo al universo como un bloque causal cerrado, perfectamente matemático, y al mismo tiempo vivo cada momento como si fuera una elección radical, porque en el nivel de experiencia donde lo habito, lo es.

No es incoherencia. Es que la respuesta cambia dependiendo del nivel desde el que formules la pregunta.

 

De la Piedra a la Libertad

Una piedra tiene cero grados de libertad interna. El universo la mueve y ella obedece sin resistencia ni consciencia. Un insecto tiene pocos: sigue algoritmos biológicos estrechos. La polilla va hacia la luz sin preguntarse si la luz es lo que quiere.

Un humano tiene significativamente más. Pero la mayoría están capturados. Por el ego, las posesiones, el estatus, la necesidad de tener razón, el miedo a perder lo que se tiene. Sientes el enojo y mandas el mensaje impulsivo. Sientes el antojo y obedeces. Sientes el miedo al rechazo y te escondes detrás de una máscara. Yo lo he vivido: alguien cuestiona una idea mía en una reunión y el automático se dispara antes de que pueda pensarlo. Ego puro. Los grados de libertad comprimidos a casi cero.

A mayor apego a cosas, a identidades, a resultados, a aspiraciones, a una imagen pública que defender, menores grados de libertad. A menor apego, mayor espacio interno. Esto es el desapego budista, la indiferencia estoica ante lo indiferente: no que las cosas no importen, sino que tu respuesta no esté secuestrada por ellas.

Si el libre albedrío es real, expandir consciencia es el mecanismo por el cual accedemos a más opciones genuinas. Si el universo es determinista, como sospecho y es mi creencia personal, el resultado es idéntico desde la experiencia: más consciencia, menos fricción, más amplitud.

Y aquí hay algo que me parece increíble: si todo está determinado, la expansión de tu consciencia también lo está. Estaba escrito que llegarías aquí.

Incluso si el esfuerzo estaba escrito, el dolor y la transformación también lo están. Como en la tragedia griega: el destino es inevitable, pero el héroe no deja de luchar, y es en esa lucha donde encuentra su grandeza.

 

El Sacrificio para los Jorges Futuros

Hay una manera de vivir que consiste en tomar decisiones fáciles hoy y dejarle las difíciles al Jorge de mañana. Es la estrategia que maximiza el placer inmediato y minimiza los grados de libertad futuros.

Y hay otra: hacer el sacrificio hoy para que el Jorge de mañana tenga más espacio. Correr el ultramaratón cuando el cuerpo pide parar. Leer lo que no entiendes hasta que lo entiendas. Trabajar hasta tener recursos para poder elegir. Soltar lo que te da seguridad, pero te mantiene estático. No porque sea fácil, sino precisamente porque no lo es. Cada vez que notas el impulso y no lo obedeces ciegamente, estás invirtiendo en grados de libertad futuros. Un regalo para una versión de ti que aún no existe pero que heredará el espacio que le construyas o la estrechez que le dejes.

Si Sapolsky tiene razón y hasta este esfuerzo es producto de la cadena causal biológica, entonces también lo es el resultado. Y el resultado es que el Jorge del futuro con más consciencia y menos apegos es un Jorge más libre. Real o aparentemente libre, pero libre en la única dimensión que importa: la experiencia de poder hacer o decidir.

 

El chico detrás del mostrador ya dejó de limpiar la cuchara. Me mira con esa paciencia que en realidad es impaciencia y con una mirada que se siente como ataque. Repite la pregunta no sé por cuántas veces, pero es hasta ahora que me doy cuenta de que me habla a mí:

—¿De qué va a ser?

Abro la boca para decir "pistache". Como siempre. Como probablemente dictan miles de millones de años de causalidad ininterrumpida.

Pero algo se detiene. No es una revelación, no es un acto heroico. Es más pequeño que eso: noto el impulso. Lo veo llegar, como una ola que reconoces antes de que rompa. "Pistache", dice el automático. Y por una fracción de segundo, en vez de obedecer, observo.

Ahí, en ese espacio diminuto entre el impulso y la acción, en esa grieta que quizás no es más que una ilusión bioquímica o quizás es lo único genuinamente libre que tenemos, le digo:

—Coco.

¿Fue una decisión libre? ¿Fue exactamente lo que el universo tenía planeado, incluyendo mi pequeña ilusión de estar desafiándolo?

No lo sé. Probablemente nunca lo sepa.

Pero el frío del helado en mi boca me rompe los pensamientos. Es dulce. Inesperado. Y me sorprendo a mi mismo sonriendo.

Una decisión diferente. Un grado de libertad. Quizás el único que importa ahora.

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