Espacio
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Pagué una fortuna. No una fortuna metafórica: una cantidad que me dio vergüenza teclear en la transferencia bancaria. El valor de un coche. Una cantidad que pude haber invertido en acciones. Todo eso, por diez sesiones con el doctor Müller.
Llegué a él como se llega a los últimos recursos: por eliminación. Terapias, psicoanálisis, retiros de meditación, microdosis, ayahuasca en una selva donde vomité viendo jaguares que probablemente no existían. Cada método buscando descubrir la causa de mi vacío, pero el vacío seguía intacto. Müller era el siguiente intento.
Lista de espera de tres años. Pago por adelantado. Sin reembolsos.
El edificio no tenía nombre. Una calle sin gracia, cuarto piso, una recepción diseñada para hacerte sentir pequeño. Muebles blancos, una orquídea solitaria en su maceta de cristal. Una mujer de unos cincuenta años, escondida detrás del escritorio, no levantó la vista de su computadora.
—Tengo cita con el doctor Müller.
—Nombre.
Se lo di. Siguió en su pantalla.
—¿Leyó el contrato antes de firmarlo?
—Sí.
—¿Entendió la política de cancelación?
—Sí.
Me habló con esa voz que se reserva para quien llega tarde a una junta.
—Tres años de lista de espera. Hay quienes esperan más. Emprendedores que salen en revistas, actores, políticos importantes. —Dejó que el vacío me ubicara en esa jerarquía— Tuvo mucha suerte con la cancelación.
No supe si debía agradecer o pedir disculpas.
—El doctor no da la mano. No contesta preguntas sobre su método. No da diagnósticos ni recetas. Si algo de esto le parece inaceptable, puede recuperar su dinero ahora. Pero una vez que cruce esa puerta, el pago es definitivo.
Volteé hacia la puerta del fondo. Era blanca. Tan blanca que se perdía entre las paredes, casi invisible.
—¿Y si no funciona? —pregunté, mientras regresaba mi mirada hacia la asistente.
Algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara.
—Nunca hemos recibido una queja.
La puerta se abrió sin que nadie la tocara. La mujer continuó impávida.
—Puede pasar.
El consultorio era una caja. Eso pensé apenas entré. Dos sillas, una ventana con persianas cerradas, una luz difusa que no venía de ningún lado. Las paredes se curvaban en las esquinas, suavemente, como si el cuarto rechazara los ángulos rectos. No había nada más. Solo las dos sillas, una frente a otra.
Cuando entré Müller ya estaba sentado. Era de esas personas que se borran de tu memoria en cuanto cierras los ojos. Un hombre color humo. Un error en el enfoque de una fotografía antigua. Me señaló la silla con la barbilla y esperó a que me sentara.
Esperé la primera pregunta.
No llegó.
Al principio conté los segundos. Después los convertí en dinero. Dieciséis dólares con sesenta centavos por cada minuto que pasaba sin palabras, como si mi reloj me arrancara un pedazo de dinero. El cálculo me aterró y se ancló en mi mente como una cuenta regresiva. De manera tímida intenté romper el vacío:
—Bueno, ¿cómo empezamos? ¿No me va a preguntar nada?
Silencio.
—Pagué mucho dinero por esto. —Intenté continuar para lograr alguna reacción.
El cuarto me devolvió mi propia respiración.
Entonces hablé. ¿Qué otra cosa podía hacer? Le conté de mi infancia, del trabajo, de la ansiedad en las noches. Hablé cuarenta minutos o quizá dos horas —el tiempo se portaba raro en ese cuarto— y mientras hablaba mis propias palabras me sonaban huecas. Como si vinieran de otro lado.
Müller vio su reloj. Se levantó. Abrió la puerta.
Salí convencido de que me habían estafado.
Volví. Ya había pagado las diez sesiones. Tenía que acabar lo que había empezado.
La segunda vez llevé un cuaderno con preguntas escritas. Necesito entender el método, le dije. ¿Estamos en algún tipo de terapia lacaniana? Dígame por lo menos si algo de lo que dije la vez pasada tiene sentido.
Nada.
Esa vez hablé menos. Me cansé antes. Y en los huecos que dejaban mis palabras empecé a notar algo raro en ese cuarto. Cuando me callaba, lo que acababa de decir me regresaba distinto. Decía "mi empresa va creciendo" y algo susurraba tienes miedo de fracasar. Decía "el dinero no me importa" y oía nunca va a ser suficiente.
No eran mis palabras exactas. Era algo que salía de las paredes o de adentro de mi cabeza, todavía no sé.
Me asusté. Hablé más rápido para tapar lo que estaba oyendo.
Müller vio su reloj.
En la tercera sesión el cuarto empezó a respirar conmigo.
No es metáfora. Cuando inhalaba, las paredes parecían expandirse levemente. Cuando exhalaba, se contraían. ¿O era al revés? No estaba seguro si era el cuarto el que respiraba, o si yo me había vuelto poroso, permeándome con el espacio. Intenté romper el ritmo, contener el aire en los pulmones. Las paredes esperaron. Cuando finalmente exhalé, sentí que el cuarto también lo hacía, como si me hubiera estado respirando a mí todo ese tiempo.
Müller no se movía. Pero esa vez noté algo: tenía una pequeña cicatriz en la mejilla izquierda. En forma de media luna. La marca brillaba levemente bajo la luz difusa, y a veces se perdía entre su barba. —Un detalle humano—fue el pensamiento que cruzó mi mente.
Le pregunté por la cicatriz.
No contestó.
Pero parpadeó. Una vez. Lento.
Fue suficiente para saber que me había escuchado.
Hubo una sesión en que me levanté a la media hora.
No lo pensé. El cuerpo se paró solo. Caminé hacia la puerta. Müller no se movió. No dijo "espera". No dijo nada.
Me quedé ahí parado, calculando lo que iba a perder si me iba. No el dinero, ese ya estaba perdido. Otra cosa: la posibilidad de que esto sirviera de algo.
Regresé a la silla.
Müller no había movido un músculo. Como si supiera que iba a regresar. Como si otros ya hubieran hecho este amague y al final todos se quedaran.
Después de eso mi memoria sobre las sesiones se vuelve confusa. No sé cuántas fueron ni en qué orden. Los recuerdos llegan fragmentados:
El día que entré y no abrí la boca durante cuarenta minutos.
El día que cerré los ojos y escuché mi propia respiración por primera vez. Un ruido que siempre había estado ahí pero que nunca había notado, como el zumbido de un refrigerador que solo oyes cuando se apaga.
El día que vi cosas olvidadas. No pensadas: vistas. Un chango de peluche que tuve de niño. Una mano que ya no existe deteniéndome la cabeza mientras me quedaba dormido.
El cálculo del dinero seguía apareciendo, pero ya era puro ruido, —no molestaba—pero el mismo dinero me obligó a quedarme el tiempo necesario.
Cuando llegué a la décima sesión la puerta estaba abierta.
Entré sin esperar ni mirar a la recepcionista.
La silla de Müller estaba vacía.
Me senté en mi lugar. El de siempre. Miré la silla de enfrente. El cuarto era el mismo: las paredes curvas, la luz difusa, el aire tenso.
No fui a buscarlo. No llamé a nadie. No pregunté.
Me quedé sentado cincuenta minutos. La sesión completa.
Al principio esperé a que entrara. Luego dejé de esperar. Luego dejé de notar que no estaba. El trabajo era el mismo. La silla vacía no cambiaba nada.
A lo mejor nunca había cambiado nada.
Cuando se cumplió el tiempo—lo supe sin ver el reloj, el cuerpo ya había aprendido la duración exacta—me levanté y salí.
La recepcionista seguía en su escritorio. La misma orquídea.
Por primera vez me miró directo a los ojos.
—¿Quedó satisfecho con el tratamiento?
Pensé en lo que había pagado. En las horas de ausencia. En la silla vacía. En la cicatriz en forma de media luna que tal vez nunca existió.
—Fue exactamente lo que necesitaba.
Asintió una vez.
—Eso suelen decir.
Volvió a su pantalla.
Al salir, regresé al ruido de la ciudad. Coches, gente hablando por teléfono, el ajetreo de siempre. Una sensación de prisa y angustia. Durante años, ese ruido lo hubiera sentido natural, lo normal.
Ahora lo escuchaba por lo que era: el sonido de millones de personas tratando de no oírse a sí mismas.
Caminé tres cuadras antes de notar dos llamadas de trabajo perdidas. No las había sentido vibrar.
En un semáforo cerré los ojos. Cinco segundos. Diez.
El ruido seguía ahí. El tráfico, las conversaciones, la prisa, el pulso de la ciudad.
Pero debajo, intacto, estaba el otro sonido. El que había aprendido a oír en ese cuarto blanco.
No era silencio.
Era espacio.