El esqueleto
Al final de El viejo y el mar hay una escena que casi nadie recuerda. El viejo duerme en su choza, con las manos abiertas. Afuera, amarrado al bote, queda lo que trajo del mar: una cabeza, una cola y una línea blanca de vértebras que la marea mueve despacio. Desde la terraza del restaurante una turista ve el esqueleto y le pregunta al mesero qué es eso. El mesero trata de explicarle lo que pasó con los tiburones. Ella entiende que son los restos de un tiburón, comenta que no sabía que tuvieran colas tan bonitas, y sigue hacia su mesa.
Moab está en Utah, a orillas del río Colorado. Sus montañas y formaciones de piedra parecen pintadas con una crayola naranja, con rayones de lápiz gris y café. Moab 240 es un ultramaratón de poco menos de cuatrocientos kilómetros: largos tramos de desierto y después dos montañas con más de dos mil metros de ascenso cada una. El sol del desierto, la arena blanda, los tramos largos sin parada y las noches frías la hacen famosa por cruel.
Este año decidí hacer el serial de cuatro carreras de este tipo que llaman el Grand Slam. Me inscribí a las cuatro de un golpe, en 2025; me llamaba la atención ser el primer mexicano en terminarlo. Moab es la última de las cuatro, y antes de empezarla ya acumulaba más de trescientas setenta horas en competencias, y si sumo el entrenamiento, casi mil horas en lo que va del año. Hago estas cuentas mientras camino a la salida a las 4:30 de la mañana del viernes. Más me vale terminarla después de esto.
La salida es antes del amanecer. Los primeros kilómetros nos llevan por la ciudad hasta la primera montaña, dejando atrás las luces de una mañana que aún no llega. Escapamos de la zona de casas antes de que despierten, y sin darnos cuenta empieza el primer ascenso, que se dibuja en la montaña como una línea infinita de linternas de los corredores que van delante de mí.
Llega el amanecer y el sol da apenas una muestra de lo que va a ser más adelante. Pasan los primeros puntos de abasto, donde sólo se recarga agua para retomar el camino entre formaciones de ese rojo tan particular, y para media mañana el escenario ya no es novedad: empieza a sentirse como un paisaje habitual. Deslumbrante. Deslumbrante. Normal.
Hay arena en la que los pies se hunden y cuesta trabajo empujarse, arena que entra por arriba del tenis, entre la tela y el calcetín, poco a poco, y que en unas horas se convertirán en ampollas. Pocos metros después, nos encontramos con una ladera enorme de roca lisa, el slickrock de Moab, que bajamos corriendo a toda velocidad, doscientos metros de desnivel en pocos minutos. En carreras tan largas es normal irse separando y no ver a nadie por horas, a veces por días. Rebaso a unos corredores que van caminando, peleando contra un sol que pega muy fuerte, camino más rápido que ellos, y luego no veo a nadie por muchas horas. Así pasa el primer día entero, hasta que el atardecer y luego la noche me envuelven. Esto se vuelve una carrera en solitario.
Las noches de carrera vuelven el tiempo un acordeón. El velo negro a unos metros de la lámpara hace que todo sea igual, y lo que no es igual se pierde. Ni siquiera el dolor escapa a ese vacío. De la noche del viernes recuerdo una sola cosa. El cielo está casi perfectamente estrellado, y a las estrellas sólo las interrumpen unas montañas a lo lejos. Apago la lámpara, me detengo, dejo de correr y respiro unos segundos como espectador de lo que pasa arriba. Luego, cuando todo parece haber durado unos minutos, el cielo empieza a clarear y el negro se cambia por un gris, y después por un azul claro.
En otro puesto de abasto desayuno unos huevos con tocino que llevan tiempo en una cazuela. Están calientes aún, pero tienen bordes duros que delatan que fueron cocinados hace muchas horas. Los acompaño con un café cuyo vaso de cartón me quema los dedos y contrasta con el frío del amanecer. No puedo quedarme, con todo y lo bien que va cayendo algo caliente en el estómago. A los pocos minutos vuelvo a ponerme de pie, como quien no quiere, y a dar pasos pequeños que luego se convierten en un trote ligero.
Llevo ya más de treinta horas sin dormir y en las nubes a lo lejos empiezo a ver figuras. Un lagarto saca la lengua para apenas tocar la parte de arriba de la cabeza de un pelón que viaja sobre una carroza sin llantas. Necesito dormir. Llegando a la parada de Bridger Jack, kilómetro 155, encuentro un catre y dos cobijas, me cubro la cara bajando la misma gorra que traigo. Caigo dormido de inmediato. Me convierto en la nada por poco más de una hora.
Despierto y me preparo para salir. Me cambio de tenis y me cuesta meter los pies, que se han hinchado con el esfuerzo.
El desierto no sabía que había una carrera. La tormenta venía de lejos, llevaba días formándose, y llegó a Utah la noche que le tocaba. Lo que para nosotros era el kilómetro 155 para ella era un día cualquiera.
Salgo de Bridger Jack a las 5:35 de la tarde. Empieza a llover, pero sobre todo hay un viento que avisa lo que viene. Salgo solo, hacia la subida más grande de la carrera, Shay Mountain. A los pocos kilómetros el viento se vuelve tormenta. Me azota contra los arbustos y me pego a la montaña, que también se mueve: deslaves, piedras que caen a mi paso. El camino estrecho por el que voy se deslava y ya no veo más que unos metros adelante.
Después de sortear las piedras que resbalan despacio buscando tierra firme, llego a un río que se revuelve frente a mí. Kilómetro 167. En la orilla hay otros dos corredores tratando de pensar cuál es la mejor manera de cruzar. No hay. Uno que venía detrás se nos une a los pocos minutos e intenta cruzar. El río lo arrastra veinte o treinta metros y lo avienta a la otra orilla. Lo sabemos porque su linterna aparece del otro lado y empieza a moverse en tierra. No sabemos si se golpeó ni cómo salió, solo vimos la linterna. Los tres que quedamos decidimos regresar al último refugio, doce kilómetros atrás. Se me olvida la carrera.
El viejo, cuando los tiburones ya le han comido la mitad del pez y el bote regresa solo con el viento, piensa que salió demasiado lejos en el mar adentro. No lo piensa con amargura, sino lo piensa como quien revisa un mapa: fue más allá de donde debía, y ahí estaba el pez, y por eso mismo no había manera de traerlo entero.
En el camino de regreso, pasando por segunda vez por los deslaves, pienso en la gente que está viendo cómo va mi carrera. Para ellos soy un punto que se mueve despacio en una pantalla, y que ahora da la vuelta. Espero que a los míos les dé algo de tranquilidad. Pero también hay cientos de personas que no me conocen, que me siguen, y que miran el mismo punto regresar. ¿Qué le habrá pasado? Es para el otro lado, Combe. Corro también para ellos.
Delante de mí va uno de los corredores que traen a un compañero con cámara. Tiene cientos de miles de seguidores, probablemente vive de esto. Frente a la cámara corre y habla con un tono entusiasmado. Apagada: camina, se detiene, su rostro es de decepción. La lluvia moja el lente. Se sienta en una piedra y se quita parte del lodo de los tenis.
Primero lo juzgué. No me di cuenta viéndolo a él. Me di cuenta reconociéndolo. Yo también había salido a Moab a traer algo de regreso. No una foto, o no sólo una foto, sino en búsqueda de una prueba. Llevaba años corriendo distancias que a casi nadie le importan para demostrar algo que nadie me había pedido, y lo había hecho con poco más disimulo que él, que es lo único que nos distinguía. Él lo había anunciado. Yo lo había llamado disciplina y búsqueda de mis límites.
Hacía tiempo que la gente me conocía más por correr que por cualquier otra cosa que hago, y me lo decían como un elogio. No hubo un día en que dejara de ser Jorge para ser Jorge “el que corre”, simplemente un día ya lo era. Y ahí, con la lluvia fría en la cara y el camino de vuelta al refugio convertido en un suplicio, me di cuenta de las pocas ganas que tenía de correr en ese momento. Ya no había carrera, estaba seguro de que la iban a cancelar con esas condiciones, y aun así tenía que moverme.
Llegamos al refugio entre las nueve y las diez de la noche. Cuerpos encima de cuerpos se amontonan en pequeños catres buscando calor. El viento rompe las carpas pensadas para días de campo, no para tormentas en la montaña. Las ráfagas de lluvia se meten por los plásticos que nos protegen y mojan los cuerpos. Nadie sabe nada de la carrera. Todos intentan dormir, pero con este frío es imposible. Yo sólo pienso en la hipotermia, en cuáles son los primeros signos y si ya los estoy sintiendo.
A las cinco de la mañana casi no llueve y lo peor del frío pasó. Estoy sentado frente a una fogata pequeña, en una de las pocas carpas que sobrevivieron al viento, con las manos dentro de una cobija más bien mojada, lo más cerca de las llamas que se puede. Empiezan a salir las primeras bromas entre los corredores que estamos ahí. Un voluntario del refugio entra y dice que la carrera se canceló, que van a venir equipos de rescate de montaña con vehículos 4x4, pero para llegar a ellos tenemos que bajar diez millas por un camino de lodo que los coches no pueden subir. No pienso en la siguiente carrera.
A las seis de la mañana bajo junto a los demás corredores por un camino borrado por el lodo. Llueve apenas, nada que ver con la noche anterior. El lodo cubre los tenis enteros y no deja caminar, solo suelta cada paso con un sonido que parece hecho con la boca.
Yo no corría cuatrocientos kilómetros por los cuatrocientos kilómetros. Corría porque creía que del otro lado de la meta había alguien distinto esperándome: el primer mexicano en terminar el Grand Slam. Alguien que ya no tiene que demostrar nada. Ese era el pez. No el trofeo ni el tiempo, sino la promesa de que al tocarlo cambias.
Al tercer día el viejo llega a la playa de madrugada, carga el mástil hasta la choza y se duerme. El muchacho lo encuentra en la mañana con las manos abiertas y deshechas, llora, le trae café, y el viejo despierta siendo exactamente el mismo pescador que era antes del pez, en la misma choza, sobre la misma cama de periódicos. Hemingway no le concede ninguna transformación. Le concede una mañana siguiente.
La mía fue ir a la meta a recoger mi mochila. La había dejado ahí para el final, y estaba empapada, con la lluvia de días previos de Moab. El lunes volé a México con dos escalas. En la oficina y en la casa todo era normal. Me sentía raro, a diferencia de otras carreras casi no me dolía nada. Había entrenado para casi cuatrocientos kilómetros e hice ciento ochenta, y el cuerpo traía de sobra lo que nadie le pidió. Tampoco en casa pensé en la siguiente carrera. Pensé en que, para seguir demostrando algo, la siguiente tendría que ser de quinientos kilómetros, y la de después de mil, solo para darme cuenta después que no tenía ganas.
Hay quien dice, al terminar, que la carrera lo cambió. A mí ninguna me volvió otro, y durante años pensé que era un defecto mío o que me faltaba una más. Ahora creo que no era un defecto, sino que había alguien antes de la primera carrera y sigue habiendo alguien después de la última. Las carreras no me hicieron. Las corrió alguien que ya estaba ahí, solo permitieron conocerme mejor y darme cuenta de cosas que hubiera sido imposible sin ellas.
La felicidad nunca estuvo en la meta, eso lo supe desde la primera carrera. Lo que las carreras me daban estaba en el camino: las alucinaciones, los huevos con bordes duros, la noche con la lámpara apagada, las ampollas. Lo que no sabía es que se puede seguir queriendo el camino y dejar de necesitar la siguiente carrera.
Un juego es algo de lo que se puede salir. La diferencia entre un juego y una prisión no está en la actividad, que es el mismo desierto y la misma distancia, sino en si todavía te atreves a preguntarte si quieres seguir. Yo me lo pregunté frente a una fogata, con las manos en una cobija mojada, y la respuesta no me asustó.
No sé si hubiera llegado a la meta de Moab. No sé si me hubiera retirado solo. La tormenta se llevó esas dos respuestas y no las voy a inventar. Lo que sí sé, es que la vida es un tablero con muchos juegos y todavía no sé cuál es el siguiente que voy a elegir.
La turista vuelve a su mesa. En la choza el viejo duerme y el muchacho lo cuida. Cuando despierta, hablan de la próxima salida, que hace falta otro cuchillo y una buena lanza. La lanza la pide el viejo para volver al mar. Él no tiene tablero, sólo tiene el mar, y va a salir a él hasta que no pueda. Hay un momento de la novela en que se pregunta si debió ser pescador, y se contesta en la misma frase: para eso nació.
Lo que yo traje de Moab está amarrado al bote. Desde la terraza se ve una cosa larga y blanca; en la pantalla, un punto que dejó de moverse a los ciento ochenta kilómetros. Los que preguntan quieren saber de cuántos kilómetros era la carrera. Trescientos ochenta y nueve, les digo. Me quedé en el ciento ochenta, rectifico.
Pensándolo bien, da igual. Yo no tengo una frase como la del viejo, pero sí sé, que de momento no necesito volver al mar.